
Después de una deliciosa degustación de la gastronomía asturiana, con platos muy variados pero que invitan poco al movimiento, es recomendable luchar contra la inercia de querer apropiarse de un sofá y echarse una buena siesta.
Por tanto, se recomienda ponernos en movimiento y que mejor manera que siguiendo la senda costera del Paseo de San Lorenzo, desde sus inicios (unos pocos metros más adelante del Conjunto Termal de Campo Valdés) hasta la estatua de la Muyerona (el símbolo femenino de la ciudad que evoca el sufrimiento de aquellas mujeres que tienen que ver partir con sus propios ojos la marcha de los hombres de su vida, ya sean estos esposos o hijos, por necesidades económicas y de sustento familiar) o, en el caso de los más atrevidos y dispuestos a sufrir dolorosas cuestas sobre sus piernas, hasta el Parque de La Providencia (un total de 6 kms.) en los que sentir la brisa del mar -si la climatología acompaña- o ver el rugido del mar cuando este se encoleriza, mientras reflexionamos sobre lo que nos aporta la visita a la ciudad.

Una ruta muy interesante es (claro está, sin las fuerzas lo permiten) llegar hasta la Providencia siguiendo el curso del mar. Aunque sea un trayecto físicamente de resistencia, merece la pena llegar hasta este parque, porque, desde este lugar, se tienen unas vistas impresionantes de todo el paseo marítimo, del gran puerto comercial de la ciudad, El Musel, y, si el día está soleado, incluso del complejo monumental de la Campa Torres, del que hablaremos posteriormente. Una vez tomadas las fotografías pertinentes, compensa bajar por la carretera interior que conecta el Alto del Infanzón con el exclusivo barrio de Somió, puesto que es una bajada que permite refrescar el sufrimiento que han tenido nuestras piernas en el trayecto de ida.
